[Artículo invitado] Probar, probar y probar

Saludos, Señores de la Guerra. Hoy os traemos un artículo invitado de Ignacio de Zúñiga.

PROBAR, PROBAR Y PROBAR.

Por Ignacio de Zúñiga.

Buenos días, buenas tardes, y buenas noches como diría Jim Carrey en El show de Truman.

Mi nombre es Ignacio de Zúñiga y mi historia con Games Workshop se remonta a mi adolescencia, como a todo el mundo. Mi romance, en concreto, comenzó a finales de 2003, estando yo en 2º de ESO y en una época en la que, tras los atentados del 11M de 2004, habíamos cambiado de presidente, el odioso reaggetón empezaba a desembarcar en España, Telecinco nos mareaba con el Aquí hay tomate y había demasiada superficialidad en muchas cosas —hasta en los anuncios de politonos para los teléfonos móviles, el mero hecho de recordarlos hace que desee fervientemente adorar a Khorne o afiliarme a Acción Mutante.

Estas circunstancias fueron las que me lanzara de cabeza a este mundillo, aunque también confluyeron tres factores simultáneos que provocaron que cayera en el vicio de pintar “moñecos”, acumular plástico y metal y jugase partidas con resultados diversos:

  1. Me convertí en un friki redomado justo en la época en la que la saga cinematográfica de El Señor de los Anillos dirigida por Peter Jackson lo petaba por todas partes. También hizo su efecto la segunda trilogía de Star Wars, mi pasión por todo lo que tuviera que ver con la historia militar y el universo Final Fantasy. Es decir: había en las historias individuales de personajes, pertenecientes a diferentes bandos y cargadas con un tono épico en sus batallas y aventuras, el caldo de cultivo perfecto para que cayera.
  2. Durante los cinco minutos que había entre clase y clase un colega de mi hermano mayor, viendo que me encantaban esos universos de fantasía y ciencia-ficción, me pasó un catálogo de GW que estaba disponible en varias tiendas. En ese catálogo informaban de todos los juegos en el que salían esas miniaturas tan bien pintadas y pensé: “¡Coño, ¿por qué no tengo yo un ejército propio?!” A los cinco días me dio una copia del reglamento de la sexta edición de Warhammer Fantasy, me regalaron por navidades un kit de pintura con las cajas de Maestros de la Espada de Hoeth y de Leones Blancos de Cracia…y la cosa no paró desde entonces.
  3. La más importante: mi padre y mi hermano mayor se dedicaban al modelismo y tenían un montón de maquetas de la Segunda Guerra Mundial en una vitrina. Yo me dije a mí mismo al verlas: “Se van a enterar. Tendré mi propia vitrina con mis propias miniaturas y estarán mejor pintadas que las de ellos”. ¿Sentía envidia por ellos porque tenían algo que exhibir o es que en realidad quería superarlos, y superarme, en el terreno del modelismo? No lo sé pero, a día de hoy, puede decirse que los superé con creces.

Ya se nota en mis palabras que nunca me interesé por el lado lúdico y social del hobby. Al menos en un principio porque, hacia 2016 y después de un parón de seis años marcados por el esfuerzo que tenía que invertir en mis estudios —que coincidieron con los años más duros de la Crisis de 2008 y, por ende, en los que GW tenía que reinventarse o morir—, retomé este mundillo con ganas, recuperando algo de mi pasado que sabía que era muy positivo para mí. Ya tenía un trabajo, tiempo libre y un grupo de juego con el que entretenerme en torno a su tienda amiga. Me puse al día con todos los cambios. Descubrí para mi sorpresa que el Viejo Mundo había sido reemplazado por los Ocho Reinos de Age of Sigmar y que Warhammer 40000 seguía en pie. Pero lo más importante de todo: surgieron por redes sociales tantos grupos e iniciativas que reivindicaban diferentes ediciones y modos de juego que, como diría Joaquín Reyes, me dejaron con el culo torcido, sin saber por dónde empezar. Contando además con que había materiales de anteriores ediciones, incluso en este medio llamado “¡Cargad!”, accesibles de modo gratuito, al adolescente que fui, de haberlo teletransportado a la época en la que me reenganché, se quedaría extrañado e ilusionado a partes iguales: no había un solo tipo de juego, sino varios.

Conforme he ido jugando a los diferentes juegos de esta empresa durante los últimos cuatro años, al mismo tiempo que pintaba, coleccionaba y seguía las discusiones en artículos de “¡Cargad!”, me estaba haciendo estas preguntas incesantemente: ¿cómo me gusta jugar, qué variante de juego de cualquiera de los de GW es la que más me pega y, lo más importante, con cuál puedo socializar cómodamente? Me encontraba en una tesitura en la que tenía que escoger entre dos opciones de juego para socializar: o la mayoritaria (es decir, sistema competitivo por puntos según las reglas más recientes) o la minoritaria (sistema con reglas antiguas, alternativas y/o de la casa, o bien sin puntos con las reglas más recientes). Con una podía socializar más pero tal vez sintiéndome muy presionado por un estilo muy competitivo que no me satisfacía, cosa que me pasó al formar parte de un grupo de jugadores de Kill Team que era demasiado competitivo para mí en las partidas que jugué y lo acabé dejando. Con la otra no tanto y con el inconveniente de que los círculos de socialización fuesen muy cerrados y se tendiera hacia una forma muy purista de hacer las cosas si me encontrase en un grupo de Oldhammer.

Ante esa dicotomía no podía adoptar una posición tan intermedia, cambiante y tímida. Y entonces tuve en cuenta lo que pocas personas no suelen tener en cuenta, ni tan siquiera en la política. Por encima de la polaridad siempre hay una postura superior que se resume en la siguiente frase: “Tío, esto es un juego. Usa tus miniaturas para cualquier sistema, el que te dé la gana y a ver qué tal se te da en cada uno. Prueba”. El verbo del final ya me hacía reflexionar y es que es cierto: con independencia de la modalidad y de otras cuestiones, el mundo del wargaming nos invita a que probemos constantemente cosas nuevas. Probar, probar y probar hasta dar con la clave, sin tener que ignorar otras opciones y otras cosas.

Por ello, voy a poner una situación hipotética de cómo puedo aprovechar mi ejército con diferentes sistemas de juego. Vamos con uno que forme parte de la corriente general. Supongamos que tengo 2000 puntos de fuerzas del Orden para Age of Sigmar. Habéis leído bien, “fuerzas del Orden”, porque siempre tiro del sistema de agrupar unidades en grandes alianzas y no en una facción específica. ¿Por qué lo hago? Porque me gusta combinar tropas de diferente tipo para crear sinergias interesantes. Coso a tiros una unidad con mis arcabuceros imperiales reforzados por las órdenes de mi capitán, destrozo lo más duro del ejército enemigo con Maestros de la Espada a la vez que mis guerreros enanos defienden un flanco y mi modesta unidad de Forestales hostiga a los personajes del ejército rival a modo de cazadores de cráneos. Al mismo tiempo, lanzo hechizos con mi mago alto elfo en donde sea necesario, mi sacerdote guerrero lanza plegarias y logra que las tropas superen sus chequeos de liderazgo y un “monstruo” como Gotrek Gurnisson mata monstruos más grandes y temibles. Puedo reforzar diferentes huecos y hacer a mi ejército, en fin, polivalente. Conforme voy jugando me puedo permitir hacer cambios: ¿podría añadir un girocóptero enano que actúe de mosca cojonera y caballeros de Bretonia para hacer ganar tiempo al resto de unidades con la carga adecuada en el momento adecuado; o bien añadir un mortero imperial para desgastar los grandes bloques de infantería?

En resumen, que yo ya tengo un sistema de juego que me deja satisfecho y con el que a veces gano, a veces pierdo. Pero siempre me quedo conforme con mi ejército y el modo en que lo desarrollo y modifico permanentemente, además de que me permite socializar mucho mejor que en otras circunstancias. En Warhammer 40000, hasta el momento, no lo he hecho porque he tirado de facciones concretas, más para gozar de las ventajas y estratagemas específicas que por otro motivo. Pero, ¿quién me impide el combinar marines espaciales con unidades de la Guardia Imperial e incluso introducir a un poderoso caballero imperial en mi ejército mixto? Posiblemente lo haga por…placer. Tengo que probar siempre y poner los límites a mi antojo.

Pues bien, tengo muchas miniaturas y diferentes combinaciones. Lo mejor es que puedo adoptarlas a cada sistema de juego. Puedo formar un ejército de 2000 puntos de El Imperio (mi facción predilecta junto a la de los Enanos) para jugar a la sexta edición de Warhammer Fantasy, tanto la original como los Manuscritos de Nuth. Puedo coger a una parte de ese ejército y darle caña al sistema de patrullas con la mejor combinación posible. También puedo ser más atrevido y decir: “Oye, puedo jugar a algo con menos puntos, más básico, según el sistema de Hordas Invasoras”. También puedo liarme aún más la manta a la cabeza y decir: “Tengo aquí esta miniatura clásica de Karl Franz y nunca la he utilizado. No quiero venderla. ¿Y si fuese el líder de mi ejército de 2000 puntos para una partida de cuarta/quinta edición de Warhammer Fantasy?”. Y dicho y hecho. Cojo el material y preparo el ejército. Quiero sentirme como el personaje y no como el ejército, ponerme en su piel y sentirme un poco más rolero, como si controlase a cualquier personaje de Final Fantasy con su historia personal. Hasta con una de las miniaturas que tengo, mi capitán del Imperio armado con maza, pistola y arcabuz, podría crearme un personaje de rol para partidas muy básicas de las primerísimas ediciones de Fantasy.

Y lo mismo sucede con 40K. En mi haber tengo 2000 puntos de Ángeles Oscuros, mi facción favorita de los Marines Espaciales, y con ella deseo jugar de manera formal. Pero, ¿quién me impide combinarlos? Dispongo también de 1000 puntos de Guardia Imperial que necesito reforzar con tanques y alguna Valquiria para bombardear posiciones clave que controla el enemigo. Al mismo tiempo, puedo inventarme un trasfondo para mis guardias sin necesidad de tener que renunciar a las ventajas de tener reglas especiales. Aunque tenga un porrón de miniaturas cadianas puedo combinarlas con tropas de estética de Valhalla y de Tallarn para hacerlas formas parte del mismo planeta y, de todas las reglas de facción, emplear las de Tallarn por mi gusto hacia el avance relámpago y la infiltración en las partidas que juego. Puedo probar la segunda edición del juego, e incluso la tercera, con todo aquello.

En fin, en la mente de cada jugador hay diferentes maneras de concebir el juego. La mía está a rebosar de propuestas y de ideas, con ganas de ponerlas en marcha con un contrincante que sea arriesgado y desee salir de la rutina, socializando de una manera más satisfactoria para ambas partes porque con cada sistema de juego cada uno descubre cosas nuevas sobre uno mismo, que son prácticas y positivas para otras cosas de la vida. Aquí el fin sí justifica los medios: el fin es crear comunidad y no todo depende solo de la empresa, sino de cada negocio local y de cada grupo de jugadores de una zona concreta. Y la mejor manera de hacerlo es no limitarse a una sola manera de jugar ni tampoco a un solo estilo de juego, siguiendo un poco las enseñanzas de ese tipo tan sabio llamado Bruce Lee que también deberían tenerse en cuenta en el terreno del wargaming. En la variedad en el jugar, como también en el modo en el que se pinta (para la próxima hablaré de ello en otro artículo), está el gusto…y la auténtica salud (por lo que dice Ramón el Vanidoso trasládese al mundo miniaturil). ¡Hasta la vista!

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5 respuestas a “[Artículo invitado] Probar, probar y probar”

  1. Coincido plenamente con lo expuesto por el autor, esto es un juego, las minis son para jugar, sexta, séptima, tercera, la edición que quieras, o AoS o 40k o lo que sea, si tienes las minis no hay límites (y aún así), ese es el verdadero espíritu del juego.

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  2. Pienso lo mismo.
    Lo peor del hobby es ser un cabezón.

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  3. A mi me gusta el reggaetón y odio el heavy metal y parecidos

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  4. Ignacio de Zuñiga, eres de Zaragoza? Si es así, creo que nos conocemos xD

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  5. Gran artículo, de hecho así soy yo en lo variable pero con pielesverdes.

    Luego iba a ser con Templarios Negros y Guardia Imperial pero en 2010 me pasó ciertas cosas que lo tuve que dejar de lado.

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