[Relato / informe de batalla invitado] La batalla del Puente de los templos (I): Antecedentes

¡Saludos a todos! El lector Uncavar nos ha enviado un excelente informe de batalla en forma de relato de su última partida. En esta primera parte nos presenta los antecedentes que darán lugar a la batalla del Puente de los templos.

¡Ojo! Es largo así que os recomiendo que os lo reservéis para un momento de descanso, pero vale la pena leerlo.

Sin más dilación le cedo la palabra:

Sombras del Drakwald

El duque Leopold observaba la escena con un gesto de desagrado. Situado en lo alto de la muralla oriental de Carroburgo, contemplaba el mar de tiendas y desperdicios que se extendía a sus pies. El nauseabundo olor que se desprendía alcanzaba incluso a las altas murallas.

Al igual que en otros pueblos y ciudades alejados del combate, su ciudad había recibido una gran afluencia de refugiados del este. Algunos vivían en chozas de madera construidas en los callejones dentro de la ciudad, pero la mayoría se alojaba en el destartalado campamento que ahora observaba.

Y como ocurría en lugares donde había hacinamiento y refugiados, el crimen se estaba convirtiendo en un problema, con acusaciones mutuas entre los carroburgueses y los refugiados. De hecho, ya se habían producido los primeros altercados.

Von Bildhofen, ante la pasividad del resto de los nobles de la ciudad, no estaba dispuesto a soportar más esta situación. Dio media vuelta y se dirigió a su palacio en lo alto de la ciudad, mientras avanzaba con paso decidido, terminó de perfilar un plan para poner remedio a la cuestión de los refugiados.


En los días siguientes, contingentes de la milicia de la ciudad fueron limpiando los callejones de todas aquellas construcciones y chozas ilegales (fueran de los refugiados o no) y despejaron todas las calles. Por supuesto, hubo algún conato de disturbio, pero la presencia cercana de destacamentos de los famosos grandes espaderos de Carroburgo desalentó a cualquiera a pasar más allá de las bravuconadas e insultos.

Una vez despejadas las calles interiores de la ciudad, los contingentes se dirigieron al gigantesco campamento extramuros. Había que arrasar con todo y levantar un campamento nuevo con mejores construcciones y más ordenado. El propio duque en persona se dirigió a los refugiados instándolos a retirarse unas millas para que sus hombres pudieran limpiar toda la zona y preparar el nuevo campamento. La brillante oratoria de duque y su fama de defensor del pueblo hizo que la mayoría obedeciera sin rechistar.

Para los más rebeldes, la escolta de caballeros del círculo del duque junto con los grandes espaderos y varias unidades de la milicia, los persuadieron de cualquier intento.

Al mismo tiempo, para levantar el gran campamento para los refugiados con sólidos barracones, hacía falta madera, mucha madera. Por ello, mientras las primeras unidades de la milicia iniciaban la limpieza de los callejones. Una gran caravana de carretas salió en busca de madera para hacer realidad el plan del duque. Su destino, el bosque de Drakwald….


El silencio del bosque solo era roto por los golpes rítmicos de las hachas humanas. Un grupo de sucios y sudorosos humanos estaban talando árboles centenarios mientras otros limpiaban los troncos para subirlos al grupo de carretas que esperaba en los límites del bosque.

Sin que los leñadores lo supieran, unos ojos almendrados los observaban sin ser vistos. Con movimientos imperceptibles por el ojo humano, el grupo de forestales se comunicaron entre sí a través del follaje. Se movieron por la espesura colocándose en posición en apenas unos instantes y sin que los humanos se dieran cuenta. Aunque hubieran estado vigilando el bosque, apenas habrían visto leves movimientos de hojas que achacarían, sin duda, a la brisa…

Nada más lejos de la realidad, con un silbido similar al canto de un pájaro se dio la señal y comenzó la matanza. Fue breve, en unos instantes todos los hombres estaban muertos ensartados por flechas élficas que no vieron venir.

Los forestales se acercaron para recuperar sus flechas y se volvieron a internar en el bosque. Era la tercera cuadrilla que liquidaban en el día y se movieron en busca de más. Apenas habían pasado unas horas desde que el bosque les susurrara la advertencia, no necesitaron más para ponerse en marcha y liquidar la amenaza que se cernía sobre su hogar.


Una semana después de empezar la limpieza del campamento, el duque se dirigió nuevamente a la muralla este para comprobar de primera mano cómo avanzaban los trabajos. El hedor a deshechos prácticamente había desaparecido, buena señal pensó.

Sin embargo, cuando se asomó por fin a la muralla, si quedó asombrado. El campamento había desaparecido, la explanada estaba perfectamente lisa con una capa de tierra pisada cubriendo la mugre anterior, pero, no había rastro de construcción alguna. Ni siquiera un simple pilar rompía la llanura.

Indignado, bajó a toda velocidad a través del bastión este y se dirigió hacia el “campamento”. Su escolta apenas le pudo seguir el ritmo y tuvieron que correr para no perder al duque.

-¿Qué ocurre aquí?- espetó indignado al primer constructor que se cruzó en su camino- ¿por qué no se ha iniciado todavía la construcción de los barracones?

El constructor se quedó pálido al ver al duque gritándole en la cara, el resto de los presentes cayeron de rodillas y enterraron la cara en el suelo para evitar la ira del noble. Mientras, la escolta del duque formó a su espalda con mirada torva y recuperando todavía el aliento de la repentina carrera.

– Habla ya maldito mequetrefe!!! – gritó mientras balanceaba al pálido carpintero.

El balbuceo del hombre fue indescifrable. Y Leopold, viendo que no conseguiría nada así, recompuso su postura y bajó el tono. Había que recuperar las formas, él no era como las cacatúas de la corte de Altdorf, por Ulric.

Más calmado, trató de tranquilizar al hombre para poder conseguir la información que necesitaba. Lentamente, el resto de los constructores se fueron levantando y el aludido recuperó algo de color. Después de unos instantes, recuperó también algo de valor e intentó de nuevo hablar.

– Perdón mi señor, discúlpeme usted su excelencia….
– Déjate de cuentos y habla. Por qué no veo madera ni barracones, por qué esto sigue vacío.
– No ha llegado nada mi señor.
– ¿Nada?
– Ni una pequeña tabla, excelencia.
– Hace una semana que dí orden de que salieran los leñadores – se giró a su asistente que se encontraba justo detrás- ¿No es así?
– Correcto señor – le contestó este-
– Pues lamento decirle mi señor, que aquí no ha llegado ni una sola carreta, por eso no hemos podido empezar – los demás asintieron a coro apoyando a su compañero.
– Como???
– Así es mi señor, no han vuelto
– Ni una sola – intervino otro carpintero.
– Nada – dijo un tercero.

El duque se volvió hacia su asistente.

– La primera expedición salió hace una semana ¿correcto?
– Correcto, señor – le respondió este.
– Y luego salieron otras cuatro en los días siguientes.
– Hasta seis columnas distintas salieron en los tres primeros días.
– ¿Y cuánto se tarda?
– Un día en llegar, si se va a buen ritmo, más otros dos días para talar, limpiar, y cargar. Y dos días en volver, al ir cargados.
– En 5 días tendrían que estar aquí.
– Exacto señor…
– Hace dos días que esperamos mi señor – se atrevió a decir el carpintero interrumpiendo al asistente.
– ¿Y por qué no se me informó? – quiso saber el duque

Nadie se atrevió a responder al noble y la pregunta quedó en el aire. Después de unos instantes de incómodo silencio, Leopold volvió a hablar:

– Banda de incompetentes, ¿es que siempre os lo hay que decir todo? Vosotros, carpinteros, ir marcando la posición de los barracones, al menos que esté todo dispuesto para cuando llegue la madera.
– Así se hará mi señor – respondió el aludido y corrieron a hacer lo que se les dijo para huir de la presencia del noble.
– Despachad tres jinetes a buscar las carretas, mañana mismo quiero saber dónde demonios está mi madera.

Uno de los escoltas salió disparado hacia los barracones de la guarnición para transmitir las órdenes del duque, mientras éste, después de un último vistazo a la llanura ante la muralla oriental, volvió hacia su palacio apesadumbrado por estar rodeado de inútiles.


Amarië paseaba en trance por el Drakwald. Descalza y con los ojos cerrados, dejaba que fuera su comunión con el bosque la que guiara sus pasos. Su espíritu era uno con el bosque y utilizaba la magia de la vida para rehacer las heridas causadas por los hachas de los mon-keigh. Allí por donde pasaba, las cortezas de los árboles se cerraban, las ramas volvían a unirse con fuerza y las hojas recuperaban su brillo. Desgraciadamente, algunos de los árboles eran irrecuperables y provocaron que la elfa derramara lágrimas de tristeza por ellos.

Con un simple gesto de su mano hizo que zarzas y alimañas hicieran desaparecer los sucios cadáveres humanos. Extendió su brazo y dos gigantescos árboles destrozaron las carretas y se llevaron sus restos hacia las profundidades del bosque. Los límites del bosque volvían a su posición original y la única prueba de que los mon-keigh habían estado allí eran dos troncos de árbol que yacían en el suelo.

Un forestal se acercaba a la elfa en trance cuando fue detenido por un compañero, que estaba vigilando a una respetuosa distancia. A pesar de las prisas por informar, le indicó que debía esperar a que la hechicera saliera del trance. Su comunión con el bosque no debía ser interrumpida. Así que ambos forestales tomaron posiciones de guardia y esperaron a que Amarië terminara.

Unos momentos más tarde, la elfa se dirigió directamente a donde se encontraban ambos forestales. Era obvio que el bosque le había revelado su posición, por lo que ambos elfos, después de su sorpresa inicial, salieron de sus escondites y se acercaron a la hechicera.

– Saludos noble Amarië – dijeron con una leve inclinación de cabeza.
– Bienvenidos amigos vigilantes. Las heridas del bosque ya han sido tratadas, la mayor parte está recuperada. Desgraciadamente algunos de nuestros queridos árboles no, la naturaleza se hará cargo de ellos ahora.
– Buenas noticias son. Sin embargo, otro asunto me trae a vuestra presencia. Se acerca un jinete, mensajero o explorador seguramente.
– Vienen a investigar – le interrumpió la hechicera – los mon-keigh quieren saber que les ocurrió a sus leñadores. Dos de ellos ya forman parte del bosque, este es el tercer y último, salido de esa ciudad que llaman Carroburgo. – como la información sorprendió a sus compañeros, prosiguió. – Ya he estado en los otros cinco puntos del bosque, todos han sido restaurados. Y a dos de ellos llegó también un jinete. Fueron ellos los que me dieron la información antes de que el bosque se cobrara sus vidas.
– Mataremos a este también – dijo uno de los forestales.
– No.

La cortante respuesta de la hechicera sorprendió a los elfos. Sin embargo, ante la sorprendida mirada de sus compañeros, Amarië les explicó sus intenciones.


Un solitario jinete se aproximaba a las puertas de la ciudad. Los guardias de la puerta lo vieron desde lejos y no le dieron importancia al tambaleante jinete que lentamente avanzaba por el camino. La casualidad hizo que en ese momento se acercara un oficial a preguntar si se tenían noticias de los jinetes enviados en busca de los leñadores.

Esto despertó del sopor del tedio de la guardia a uno de los soldados que señaló hacia el solitario jinete para que lo viera el oficial. Éste, decidió esperar ante la puerta para ver si se trataba de los exploradores esperados.

Sin embargo, algo no iba bien. El caballo finalmente se detuvo a media milla de la puerta y el jinete se derrumbó de la silla para dar con sus huesos en el suelo. El oficial reaccionó de inmediato

– Rápido holgazanes – les dijo a los guardias – corred a buscar a ese infeliz.

Mientras los guardias salían disparados en pos del yacente explorador, el oficial dio aviso a la guarnición de la puerta que rápidamente preparó un carro para llevar al herido mientras un jinete salía hacia el palacio para informar al duque.

El carro entró renqueante en el patio del palacio. El duque en persona se acercó rápidamente para interrogar al explorador. Las prisas eran innecesarias, el maltrecho hombre que yacía en la parte de atrás del carro ya estaba muerto.

Maldiciendo su suerte, el noble dio orden de que examinaran el cadáver para saber las causas de la muerte.


Leopold paseaba inquieto por su despacho mientras esperaba el informe sobre el desdichado explorador. Su asistente y varios oficiales acompañaban al noble. Las pisadas de éste sobre el suelo de madera eran lo único que rompía el silencio de la sala.

Finalmente, la escolta del duque que vigilaba la puerta, la abrió para dejar entrar en el despacho a un hombre delgado como la muerte que llevaba puesto un mandil de carnicero cubierto de sangre.

El duque tomó asiento en su escritorio y señaló al recién llegado que podía hablar. Éste pasó ante los oficiales, que mostraron su desagrado con el matarife, y se situó ante el escritorio del noble.

– Mi señor, el resultado de la exploración es claro cómo el agua.
– Continúe.
– El desdichado murió desangrado como un cerdo, tenía innumerables mordiscos de alimañas por todo el cuerpo. Es un milagro que consiguiera llegar hasta las puertas de nuestra ciudad, señor.
– Skaven! – gritó uno de los oficiales.

El duque lanzó una mirada de reprobación a quién había hablado.

– No nos precipitemos – señaló – algo más que debamos saber?
– Aparte de que alguno de los mordiscos estaba infectado, no mi señor.
– Gracias, retírate.

El aludido hizo una reverencia y abandonó la habitación

Cuando se cerraron de nuevo las puertas estalló la discusión entre los oficiales, el asistente y el duque.

– Son los malditos skaven, los sucios y andrajosos skaven – decía uno.
– No nos precipitemos.
– Que sabrás tú – le cortó otro oficial – maldito pisaverde de despacho.
– Señores calma – terció el duque.
– Son las alimañas no hay duda – insistía el primero.
– Los indicios que tenemos apuntan en esa dirección, no hay duda – apoyó otro oficial.
– Eso está claro – mantuvo el primero.
– Aunque no les guste mi opinión – intervino el asistente – la van a oír.

El duque atajó el coro de protestas antes de que se iniciara.

– Por favor señores, escuchen a mi asistente. No es un hombre curtido en la batalla pero a veces, los ratones de biblioteca, o pisaverdes como decís, tienen un punto de vista que a los hombres de acción se nos escapa.

Tras hablar, indicó a su asistente que continuara.

– Lo que sabemos hasta ahora es. Primero, se mandó hace 10 días a los leñadores al bosque. Segundo, tras una semana sin noticias, se enviaron tres exploradores. Tercero, tres días después volvió sólo uno y medio muerto.
– Muerto entero más bien – interrumpió un noble.
– De acuerdo señores, muerto. Iba a un bosque a buscar a los leñadores, en un bosque, y más en el Drakwald, hay montones de alimañas…
– Alto – interrumpió el primer noble – Acepto su opinión de que hay muchas alimañas en el bosque. Acepto incluso que algunas son venenosas como apuntan los mordiscos infectados.
– Cierto – asintieron varios de los presentes.
– Pero – continuó- dígame una sola de esas alimañas que cumpla los tres requisitos.
– ¿Tres? – preguntó el asistente – solo sabemos que era alimaña y venenosa.
– ¿Adónde quiere ir a parar amigo? – preguntó el duque.
– Lo que se olvida – siguió con una sonrisa – es que ninguna de las alimaña que usted puede encontrar en el bosque ataca en grupo a un animal más grande.
– Es cierto – apoyo otro oficial.
– Solo conozco una sucia y apestosa alimaña que ataque en grupo y tenga los dientes tan podridos como para infectar de un mordisco.
. Saqueadores skaven….- murmuró Leopold.

El asistente iba a intervenir pero el panorama en la oficina ya estaba claro. Los oficiales presentes ya tenían su opinión formada y el murmullo de su duque lo dejaba claro. No atenderían a razones, su idea de enviar un contingente de exploración mejor preparado y armado para investigar a fondo moriría en su cabeza.

– Si damos por hecho que son los sucios skaven, ¿qué demonios hacen por aquí? – preguntó el duque.
– Son skaven mi señor – intervino un oficial – cualquier intento de entender sus malvadas acciones es infructuoso.
– Tienen mentes retorcidas y viles – continuó otro oficial-, escapan por completo a nuestra comprensión.
– ¿Informamos al graf? – preguntó un oficial.
– No creo que debamos – contestó otro – han atacado a grupos dispersos de leñadores y a tres jinetes, debe ser una pequeña fuerza, si fuera mayor se habrían hecho notar. No creo que debamos molestar al graf por un grupo de incursores skaven.
– De acuerdo entonces – intervino Leopold – si quieren guerra, guerra tendrán. Quiero que preparen una incursión en los límites del bosque. Encuentren a esas alimañas y elimínenlas de inmediato.
– Si me deja una unidad de caballeros del círculo y algo de apoyo de proyectiles yo mismo lanzaré un ataque y acabaré con ellos – dijo el oficial más antiskaven.
– Yo le acompaño con un destacamento de grandes espaderos, un sólido bloque de infantería imperial para mantener el frente – apoyó otro oficial.
– Gracias camarada.
– Arcabuces y ballestas para mantenerlos alejados completarán una buena partida de limpieza – dijo sonriendo el primer oficial.
– Dispongan de lo que crean necesario caballeros – intervino Leopold – pero limpien esta zona de alimañas.
– Llévense un par de cañones, siempre vienen bien – apuntó un oficial.
– De acuerdo, un gran cañón para los que huyen y uno de salvas para sus hordas. Tenemos una buena partida señores, acabaremos con esos sucios dientes podridos.

Y todos sonrieron por el chiste.

– ¿Cómo es que sabe tanto sobre las alimañas, oficial? – preguntó el asistente cuando se daba la reunión por concluida.

A pesar del desagrado por que el pisaverde hubiera interrumpido una conversación entre los oficiales, el oficial aprovechó para hablar de su experiencia anterior.


– Fue hace unos años…- empezó a recordar el oficial…

“Yo, como todos los jóvenes de mi pueblo, habíamos crecido con las gestas de los grandes héroes del imperio y soñábamos con entrar en el ejército y tener una brillante carrera militar. Formar parte de la historia imperial y añadir nuestro nombre al muro de los héroes. Bendita e inocente juventud.

Tras alistarme, pasé por varios destinos. Uno de ellos Nuln, dónde pude comprobar de primera mano las cicatrices que aún tiene la ciudad tras el asalto skaven de hace unos años. Cicatrices que sólo los necios no ven, necios como los que aún niegan a día de hoy la existencia de los malditos hombres rata. No sólo vi las cicatrices, también escuché historias de los viejos del lugar, veteranos con poca pinta de inventarse cuentos para pretender ser importantes.

Después de Nuln, fui trasladado al suroeste del imperio. Una zona aparentemente tranquila. Salteadores y poco más, retiro dorado para veteranos y para coger tablas los novatos como yo en aquella época.

Quién me iba a decir a mí que en aquella supuesta zona tranquila, iba a contemplar de primera mano los horrores de una invasión skaven.

Todo empezó en una calurosa noche de verano. La tranquilidad se rompió con una lluvia de meteoritos verdes. Si, meteoritos verdes, que no son otra cosa que maldita piedra bruja que cae de Morslieb y que atrae a los andrajosos skaven como la mierda a las moscas.

Una de las torres de vigilancia dio el aviso y se puso toda la zona en estado de alerta. Y allí que me fui, alegre, mi primer combate real… Necio.

Dos veces me enfrenté a campo abierto con ellos. Ambas alrededor de un pueblecito donde las alimañas estaban saqueado y haciendo prisioneros para esclavizar. La desdicha para sus ciudadanos fue que la lluvia de piedra bruja les cayera tan cerca.

No entraré en detalles sobre la lucha que siguió en ambas. Sólo os puedo decir que fui testigo de su maldad absoluta y de su vil hechicería. De sus infernales máquinas de guerra que avanzan a toda velocidad por el campo de batalla mientras lanzan rayos verdes que aniquilan lo que tocan sea amigo o enemigo. De cómo traban a sus guerreros para después disparar y lanzar gases mortales contra el combate, matando a sus propios guerreros con tal de acabar también con el enemigo. De acechantes negros como la noche que salen de madrigueras ocultas para atacar a nuestros indefensos cañones.

La primera vez pudimos rechazarlos, la segunda vez fuimos nosotros los que tuvimos que huir. Las malditas alimañas habían saboteado nuestro tanque a vapor.

¡Sabotearon un tanque a vapor imperial!

No sé cómo lo hicieron, lo que sé es que cuando llegó el tanque al campo de batalla acompañado por una escolta de batidores, explotó. La terrible onda expansiva arrasó a su escolta y en su lugar se levantó un gigantesco hongo de humo verde. Después de eso y con nuestros cañones de apoyo sospechosamente en silencio, se dio la orden de retirada.

Cuando me giré para ver el campo de batalla por última vez, pude ver a su líder. Llevaba una andrajosa túnica roja, la parte izquierda de su cuerpo, incluida su cara, estaba cubierta por metal, con pistones que soltaban un insano vapor verde. Se estaba riendo, o eso creo, con media cara tapada por la máscara, mientras nos señalaba con una garra y levantaba su alabarda, que soltaba chispas, hacia el cielo.
Después de eso no volví a mirar atrás.

Esa cara me perseguirá toda la vida y solo espero el momento de encontrarme con esa maldita alimaña y hundir mi espada en su negro y podrido corazón.

Así que ahora ya sabes el porque de mis conocimientos sobre las sucias alimañas skaven.”

Cuando terminó, todos estaban en silencio. El resto de oficiales palmearon la espalda de su camarada en señal de apoyo mientras el duque se quedó pensativo. Las implicaciones de una invasión skaven podían ser muy graves…


Amarië estaba inquieta. Daba vueltas por el claro sin poder concentrarse en nada. Había algo que la inquietaba pero no sabía que. Le disgustaba tener esa sensación en su cabeza al borde de la percepción pero sin llegar a descubrir su origen. En esas estaba cuando llegó un jinete del bosque al galope.

La hechicera se encaró hacia el visitante mientras este se bajaba del caballo todavía en marcha y se dirigía hacia ella.

– Saludos Amarië – dijo inclinando la cabeza – traigo noticias en relación a los humanos.
– Qué les ocurre ahora a los mon-keigh.
– Ha salido un ejército de ese agujero infecto que llaman Carroburgo.
– En nuestra dirección supongo.
– Así es, a pesar del rastro skaven que dejamos en el cadáver vienen directos hacia el bosque.
– Fue demasiado pensar que irían a las montañas donde están las cavernas que llevan a los túneles de las infectas alimañas.
– Los humanos se empeñan en demostrar su estrechez de miras.
– Desgraciadamente es así.
– ¿Instrucciones?
– No pueden pisar el bosque. Que nuestros exploradores y forestales preparen rastros que los lleven a donde nos sea más favorable el combate. Preparad a la guardia del bosque. Informaré a los espíritus del bosque de lo que ocurre, estoy segura de que nos ayudarán.
– Así se hará señora.

El jinete volvió a montar y partió al galope para trasladar las órdenes de la hechicera. Ésta se mantuvo en el claro, ahora ya sabía porque tenía una sensación extraña. Una vez librada de esa pequeña molestia, se concentró para poner su espíritu en comunión con el bosque.

Rechazarían a los mon-keigh nuevamente.


La columna imperial avanzaba a buen ritmo. Habían salido a primera hora de la tarde para cubrir la mayor parte de la distancia y estar sobre su objetivo a primera hora del día siguiente.

Cuando empezó a oscurecer dieron la orden de alto y se preparó el campamento para pasar la noche.

Los dos oficiales que dirigían la expedición sonrieron satisfechos al ver la rapidez y precisión con la que sus hombres montaron el campamento y lo dispusieron todo. Carroburgo no era una ciudad muy grande y seguramente entre sus hombres habría amigos de los leñadores desaparecidos.

A la comitiva se había unido, por petición de duque, un mago. El relato del oficial contando los horrores de las viles hechicerías skaven habían impresionado al noble, que pagó de su bolsillo al colegio de magos para que enviaran apoyo mágico a la expedición de castigo.

Ya había caído la noche cuando la avanzadilla regresó al campamento. Los oficiales, con criterio, habían adelantado a varios exploradores para que siguieran el rastro y vigilaran contra posibles emboscadas. De los traicioneros skaven se podía esperar cualquier cosa. En cuanto los jinetes llegaron al campamento, se dirigieron rápidamente a la tienda de los oficiales, donde les esperaban los dos capitanes al mando junto con el hechicero.

Señalando un mapa de la zona que había sobre una mesa de campaña, el oficial les ordenó hablar.

– Sin preámbulos, que noticias tenemos.

Acercándose a la mesa, uno de los exploradores empezó a hablar mientras iba señalando los puntos sobre el mapa.

– El rastro nos lleva hasta los templos abandonados de Sigmar y Ulric, aquí, cerca del puente sobre el afluente del Reik.
– Nuestro camino – dijo el otro explorador – nos lleva al primero de los templos por el sur.
– En la zona hay varias colinas – siguió el primero, señalándolas en el mapa – aquí, aquí y aquí. Y esto es el comienzo del Drakwald. El puente entre los templos y el meandro donde el río esquiva esta colina.
– Se veía movimiento dentro de los templos en ruinas, así como chillidos extraños, probablemente hayan acampado dentro. – continuó el segundo.

Los oficiales escuchaban en silencio mientras iban memorizando toda la información recibida. Cuando terminaron de hablar los exploradores, fueron despachados de la tienda mientras ambos oficiales observaban detenidamente el plano extendido. Tras unos instantes, uno de ellos comenzó a exponer su plan.

– Estamos de acuerdo en movernos durante las primeras luces y atacar por la mañana ¿no?
– Si compañero, acabemos con ellos cuanto antes.
– No podemos seguir por el camino, es la ruta más obvia y seguramente, aunque se sientan confiados, puede que tengan alguien vigilando.
– Es probable, pero con esas alimañas nunca se sabe. Está claro que no les gusta el aire libre, dado que se han escondido entre ruinas.
– Pero eso nos da ventaja, lo tenemos localizados y han dispersado sus fuerzas.
– Si.
– Si nos movemos en la oscuridad antes del alba, podemos situar el cañón de salvas sobre esta colina, que es la más cercana al templo de Sigmar y cubriríamos sus salidas norte además del camino de huida del enemigo.
– El otro cañón sobre esta otra colina cubriendo el templo de Ulric.
– Correcto, ambos con una dotación de proyectiles de apoyo y para aprovechar ambas colinas.
– La caballería atacará el templo de Sigmar, el más alejado y para cubrir la posible huida hacia el norte.
– Yo con los grandes espaderos caeré sobre el otro templo.
– La artillería nos cubrirá el avance.
– Y la tercera unidad de proyectiles nos puede acompañar en el asalto para cubrir cualquier contingencia en ambos templos.
– Veo que ambos pensamos de igual manera.
– Coincidimos sí, además, rodearemos las colinas para no llegar por el camino sur, que es el obvio.

El hechicero observaba asombrado como ambos capitanes preparaban el plan de ataque sin discrepancia alguna. Ambos hablaban y desplegaban tropas en perfecta coordinación casi como si sus mentes fueran una. La profesionalidad del ejército imperial era evidente. Sin embargo, en ningún momento se dirigieron a él, casi como si su presencia no fuera real. Se decidió a intervenir.

– Perdonen caballeros, creo que ustedes se olvidan de mí.

Ambos oficiales levantaron sus miradas del plano de la mesa y giraron sus cabezas en dirección al mago.

– No se preocupe, no nos hemos olvidado de usted – dijo uno de los oficiales.
– Me alegro. Mis hechizos del saber del metal pueden ayudar contra las viles máquinas skaven.
– Lo sabemos – le contestó el oficial.
– Por eso le hemos dejado a usted este bosquecillo – le dijeron señalando un punto en el mapa.
– Se encuentra casi en el centro del campo de batalla, así podrá dirigir sus esfuerzos a un lado u otro en función del desarrollo.
– Y estando entre los árboles estará un poco más protegido del enemigo.
– Veo que han pensado en todo, caballeros – respondió el hechicero.
– ¿Qué le parece?
– Bien, iré con ustedes y les ayudaré desde el bosque, no me parece mal la propuesta.
– Sabemos dónde está el enemigo, tenemos un plan de ataque y ganas de acabar con los malditos skaven. Vayamos a descansar, mañana será un gran día por Sigmar – terminó uno de los oficiales.

Los tres hombres se despidieron y el hechicero fue a repasar la lista de hechizos para el día siguiente. Mientras lo hacía, oyó las voces de los oficiales transmitiendo órdenes. Al día siguiente conseguirían otra victoria para el imperio, de eso estaba seguro. Luchar contra el enemigo ante un templo de Sigmar y otro de Ulric, aunque estuvieran en ruinas, ¿qué podía salir mal?…..

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8 comentarios en «[Relato / informe de batalla invitado] La batalla del Puente de los templos (I): Antecedentes»

  1. Gran relato, me ha encantado ^^.
    Solo hay una cosa que me parece rara y es el hecho de que la elfa se sorprendiera de que el ejercito imperial se dirijiera al bosque. Quiero decir, aunque los humanos se tragaran el ardid y pensaran que eran skaven estaba claro que se dirijirian al bosque pues alli es donde habian desaparecido las patrullas y carretas y en el texto no se da a entender que se dejaran pistas para guiarlos a las montanyas.
    De todas formas ha sido una historia super amena y para nada larga de leer. Animo!! espero con ganas la continuacion.

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  2. Por los cojones de Grimnir!!! Enhorabuena, parece de una novela, muy bueno… quiero mas.

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  3. Enhorabuena! Si hay algo que me guste del hobby es un Trasfondo cuidado. Muy agradable de leer 🙂

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  4. Houston, me ha encantado la historia, pero se me hace extrañar que hacen unos elfos silvanos tan lejos de sus tierras.
    Aparte de Athel Loren entre Bretonia y las Montañas Grises, se sabe que hay una colonia de elfos silvanos en el bosque de Laurelorn que está al norte del Imperio limitando al este con Nordland (que Nordland lo reclama como parte de su provincia), al norte con el mar de las Garras, al oeste con las Tierras Desoladas, y al sur con el oscuro bosque de Drackwald.

    Carroburgo creo que es parte de Middenland (aunque en algunos mapas lo ponen como parte de Reikland tal vez por errata).
    El afluente del río que se menciona debe ser el río Braren que en la desembocadura del afluente con el río Reik está el pueblo Barenfahre y en el lado oeste del curso medio está el pueblo Eslohe. Entre Carroburgo hasta la región del afluente hay un espeso bosque.

    Pero por donde voy es que un poco más al norte está las Lagunas Centrales que es donde está los famosos fimires, al norte de los bosques de Carroburgo están gobernados por dos importantes de tribus de goblins silvanos que se marca en el mapa de pielesverdes y luego está el gran bosque de Drackwald que lo controla casi por completo por los hombres bestias.

    En el mapa donde lo veo ( http://www.gitzmansgallery.com/shdmotwow.html ) no marca la escala pero hay un marco de al menos de más de 500 kilómetros de donde están supuestamente los silvanos a donde se va a librar la batalla.

    Vamos, que lo que quiero decir que hay entre Carroburgo a Athel Loren están de por medio goblins silvanos, fimires, hombres bestias, y toda la provincia de Middenland.

    Espero no fastidiarte, pero soy muy fanático con los mapas y cosas del estilo porque eso no quita que me haya gustado tu historia y que esté deseando ver la siguiente parte con ganas.
    Solo lo digo por si hay una explicación o si es un error para corregir para la próxima.

    Un cordial saludo desde Cádiz.

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  5. @Hector Lopez:
    Buenas, me alegro que te haya gustado. La verdad es que tienes razón, no me quedó muy bien explicado el tema de los rastros. Como se cuenta principalmente desde el lado imperial, quedó cojo en ese aspecto.
    Tomo nota para próximos relatos, gracias.

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  6. @Juanma Breda: Gracias por tus opiniones. Para nada me fastidian, todo lo que pueda ayudar a mejorar es bienvenido.
    La verdad es que utilicé el primer mapa que encontré y puede que no fuera el más apropiado, así que el enlace que me pusiste me viene de maravilla para próximas batallas.
    En cuanto a mis silvanos, decidí utilizar la estirpe de los abetos, también llamada «la estirpe perdida» que cruzó las montañas grises 700 años antes de Sigmar. Como el rival contra el que suelo jugar lleva imperio y estos silvanos andaban perdidos por esas tierras, me venía de perlas, tanto para esta historia como para mi tribu de asrai.
    Y lo dicho, toda aportación que me pueda ayudar a mejorar es bien recibida. Gracias.

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  7. @uncavar: De nada. Ya no me acordaba como se llama esa tribu y ni fecha que se exilió pero sé que acabaron en el bosque de Laurelorn y intuyo que pueden ser esos mismos elfos a que te refieres.
    También como dices, esos elfos se escindieron en el 700 antes de Sigmar por lo que ya a pasado más de 3200 años para que esos elfos silvanos pueda ser una nueva rama que se extienden hacía el sur de los antiguos abetos o simplemente es una expansión de estos que se ven fuertes limpiando de los bosques de seres no-asrais.

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  8. @Juanma Breda: Me alegro que te guste! Por mi parte puntualizar solo que el relato es obra del lector
    @uncavar con el que has hablado ya, que nos lo ha enviado al blog para disfrute de todos.

    Un saludo!

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